Una ráfaga de viento nos recibió al final de la escalinata, apagando la vela que había estado sujetando en su mano hasta ese momento.
-Hemos llegado -anunció con un rugido.
Un escalofrío me sacudió y apoyé mi espalda contra la pared tan pronto como pude, apuntando con el arma al vacío de la oscuridad.
-Suelta la cruz, Martina -ordenó Adrien. El eco de sus palabras resonó por toda la habitación y de repente tuve la certeza de que me había conducido hasta allí para asesinarme.
-¡No! -lloré, temblando. Sus ojos grises se encendieron frente a mí, iluminando su rostro pálido que ahora sólo reflejaba la más cruda avidez.
-Eres mía, ¿recuerdas? -murmuró, dando un paso hacia mí.
-Ya no, Adrien -balbucí, y lágrimas de terror asomaron a mis ojos.
-Ambos sabemos que eres incapaz de matarme, Martina -dijo, clavando sus ojos en los míos. Tú me amas y yo… quiero que me pertenezcas para siempre. ¿Por qué luchar contra lo inevitable? Deja esa pesada cruz a un lado.
-No te amo, Adrien -dije con un hilo de voz.
Él rio por lo bajo y pude ver las puntas de sus colmillos asomarse por un segundo.
-Dispara, entonces -dijo, dando otro paso hacia mí-. Demuéstrame que no me amas.
Elevé mi brazo tembloroso, apuntándole con la pistola a la altura del corazón.
-No te acerques más, Adrien… -dije, sollozando- porque si tengo que elegir entre enviarte directamente al cielo o ir contigo al infierno, escojo lo primero.
-Nadie tiene por qué ir al infierno, mi hermosa flor de invierno. Nadie tiene por qué morir. Perdimos, Martina -dijo, riendo con tristeza-. Ahora tengo sed y estoy cansado. ¿No estás cansada tú también?
La tenue luz de sus ojos penetraba en los míos, despojándome de mis fuerzas y haciendo que el más denso sopor se adueñase de mí.
-¿No querrías descansar junto a mí? ¿No saciarías tú mi sed, amada eterna?
-Muerte infinita -susurré, soltando el arma.
-Vida eterna -dijo él.
-No me amas -dije.
-¿Qué es amar, si no es tener sed de alguien? -dijo, acercándose aún más. Yo saciaré la tuya después, y vivirás en mi abrazo… para siempre.
-Moriré en tus brazos.
-Verás cómo es la más hermosa muerte.
-No podré morir en Dios… -dije, apoyando la cruz Patriarcal contra el muro y despidiéndome de ella.
-Morirás en mi y yo en ti; vivirás en mí para que yo pueda vivir.
Deshice el nudo de mi crucifijo y dejé que cayera sobre el suelo, exponiéndome por completo a Adrien. Él avanzó hacia mí, aprisionándome contra la pared con violencia. Elevó mis brazos sobre mi cabeza y me sujetó por ambas muñecas con una sola de sus manos, venciéndome por completo. Acarició mi cuello con su mano libre, deteniéndose en la base de mi nuca, y acercó su rostro al mío sin soltarme. Había cerrado sus ojos y respiraba sobre mí.
-Creí que me amabas cuando te traje aquí… -dijo en un murmullo casi imperceptible-. Ahora lo sé. Nunca más… -sus ojos se abrieron por una fracción de segundo: tenían el color de la plata y estaban húmedos-.
